Lady Frankenstein (1971, Mel Welles)

Pues vamos a reseñar un “exploit” del Moderno Prometeo y de algunas de sus adaptaciones a la gran pantalla. Al lío.

Lady Frankenstein es, en resumidas cuentas, una cinta de bajo presupuesto que, rindiendo homenaje a las adaptaciones de la Hammer (en lo formal) y de la Universal (en el contenido), forja una historia perversa y con toques novedosos; pero, sobre todo, es una película bizarra.

La película salió en cines en 1971, recaudando 139 millones de liras frente a las menos de 200.000 que había costado. Su origen radica en un guion que llevaba el nombre de Lady Dracula, y que un miembro de la familia Vanderbilt (Henry Cooke Cushing IV) escribió con miras a que la mujer a la que intentaba cortejar lo protagonizase. La actriz en cuestión era Rosalba Neri, la misma Lady Frankenstein. Cushing IV pagó por la película, y Mel Welles aceptó llevarla a buen puerto, mientras Rosalba Neri se negaba a tener una relación sentimental con Cushing IV.

Tras descubrir que los derechos de guion pertenecían a otro autor, Welles y Edward di Lorenzo se propusieron escribir una nueva versión, incluyendo toques feministas en ella. Por impedimentos bancarios y de logística, sería Roger Corman quien financiaría, en parte, la cinta, consiguiendo sus derechos de reproducción en América. El rodaje, que comenzó en marzo de 1971 y que no llegó a durar dos semanas, se llevó a cabo en un estudio de Roma y, por otro lado, en Celano.

Como detalle curioso, durante su estreno en Australia, el mismo Mel Welles, junto a Richard Lewellen, presentó la película como parte de un espectáculo de corte grand guignol.

En lo que respecta al metraje, las intenciones ya son claras desde la primera escena, en la que vemos a unos saqueadores de tumbas haciendo lo propio. Esto nos lleva a aquellos mismos actos presentes en las cintas de la Universal (Frankenstein Meets the Wolf Man, de Roy William Neil, por ejemplo) y de la Hammer (la maravillosa The Curse of Frankenstein, de Terence Fisher). La presentación de los ladrones de tumbas, por su parte, recuerda a The Flesh and the Fiends (1960, John Gilling), cuyo tema central no es otro que el de conseguir cadáveres para fines científicos, con un Peter Cushing inmenso. Incluso la necesidad de utilizar energía eléctrica producida por un rayo, al final una referencia a los presupuestos galvinistas, recuerda a las cintas de James Whale.

Tanto la temática, pues, como la puesta en escena nos retrotraen a tales cintas. Los castillos gótico-medievales europeos, los bosques inhóspitos, los camposantos, sumados al atrezo decimonónico/dieciochesco, convierten Lady Frankenstein en una mirada al manierismo inglés y al goticismo clasicista americano, tan bien apuntados por Carlos Losilla.

Estos aspectos iniciales me llevan a una particular reflexión sobre el cine de género, de serie b, de culto o como quiera llamársele: la clarísima adscripción al canon genérico, es decir; la consciencia (de) y participación en los elementos que conforman el género fantástico. Tanto los aspectos formales como la puesta en escena, el trabajo de cámara o los atavíos hasta las cuestiones de guion y los motivos que se tratan son parte de la larga tradición del género fantástico. Y esto es una constante en el cine del que aquí tratamos. Lady Frankenstein, con su compendio de rarezas, no es menos.

“Sobre la tierra, el hombre es Dios”, nos dice el barón. Esta declaración sobre la potencia demiúrgica de la humanidad riñe, precisamente, y tal y como lo hacia Mary Shelley en el Moderno Prometeo, con la agencia de la divinidad sobre las fuerzas terrenales. No es que Frankenstein juegue a ser un dios; es que juega en su misma liga. Esto, junto a otro par de cuestiones que la cinta trata, atacan frontalmente el puritanismo, aunque sea para terminar entre muerte y ekpyrosis

A este cocktail de elementos extraños (en el que, recordemos, tenemos profanación de tumbas y afirmaciones heréticas) se suman una explícita fascinación por la muerte y el erotismo (la dupla Eros-Thanatos) y una sorprendente declaración feminista, en la que se critica el sesgo de género en las universidades y en la clase intelectual. Lady Frankenstein, doctora, ha de enfrentarse a este impedimento, impuesto por colegas y profesores. Sin embargo, esta crítica se limita a lo textual, estando presente en una de las primeras conversaciones de la película. Y en Lady Frankenstein también radica uno de los grandes aciertos de la cinta, pues su gran innovación como revisión de la romántica obra no es otra cosa que dar el papel protagónico a una mujer.

En lo que respecta a la cinematografía, tenemos algo que parece un telefilm de los ochenta tardíos. En la edición que yo he visionado, al menos, el formato es panorámico, cosa que ayuda a tener esa imagen de producto televisivo. Narrativamente no presenta ninguna acrobacia ni riesgos, sino que se centra en la linealidad, en contar la historia sin divagaciones, con buen ritmo y nada de subtexto. Esto quizá termine pecando de una explicitud que roza, en ocasiones, la “infodump”. A la par, el trabajo de cámara se centra en primeros planos de los personajes y en mostrarnos las acciones que estos llevan a cabo, actuando de la misma y sencilla manera en que lo hacen el resto de elementos.

Por lo demás, tenemos a un “monster on the loose” que va ejecutando a inocentes sin concesión alguna. Este “monster” está realizado con un maquillaje extremadamente bizarro que, de tan exuberante, funciona. El acabo b (de “bajo presupuesto”) de las escenas del monstruo resulta en delirio divertidísimo.

El personaje de Lady Frankenstein es una gozada. Nos presenta a una mujer liberada, cuyos impulsos eróticos y psicopáticos conviven en perfecta armonía; armonía (la convivencia entre ira y placer, la llamará el ayudante del barón) que, desequilibrada en el monstruo debido a un hipotálamo dañado, puede producir serios problemas. Y, ¿de qué problema está hablando, si no es de la neurosis, del malestar en la cultura identificado por Freud? Esto es algo que a Lady Frankenstein no le afecta, pues su yo vive en equilibrio con su ello y, más aún, con su superyó. “Es el instinto el que cambia el mundo, no el pensamiento”, nos llegan a decir.

Con otros toques genéricos, como una masa furiosa arremetiendo contra el monstruo y el castillo o la clásica línea de “¡Está vivo!”, emitida por el barón hacia su particular Lázaro, la película termina por ser un ejercicio de género bizarro, apasionado y perverso.

En última instancia, una cinta divertida, desenfada y desenfrenada, para el deleite de la comunidad.

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