"Realismo Raro", de Graham Harman: una aproximación ontológica a la obra de Lovecraft
La pregnancia de la obra de Lovecraft
viene demostrándose no sólo por la infinita cantidad de seguidores, pastiches,
productos e imaginarios que ha suscitado, sino por la filosofía que se preocupa
por ella. En España fue Rafael Llopis, introductor de la obra de Lovecraft en
el país, quien se encargó de escribir una serie de textos muy lúcidos y
reveladores ante lo que la obra del caminante de Providence contenía (algunos
de estos textos pueden consultarse en la edición de Los mitos de Cthulhu de
Alianza y en el primer número de la revista de literatura de terror Tenebre,
editada por Isla de Nabumbu).
Mi primer acercamiento desde la óptica de
la filosofía a la obra de Lovecraft vino de la mano de Freud, muy
probablemente. Desde pequeño me sentí fascinado por las descripciones
imposibles y por los acontecimientos improbables que plagan las páginas del escritor,
pero nunca fui capaz de deducir a qué se debía tal fascinación. Así, tras leer The
Shadow Out of Time (En la noche de los tiempos, en alguna edición
española) y el fundacional ensayo de Freud Das Unheimlich (Lo
siniestro o Lo ominoso, dependiendo de la edición), comprendí a qué
profundas dinámicas del inconsciente apelaba este relato; en este caso, a la
mecánica de lo siniestro freudiano: aquello conocido que, tras largo tiempo de
represión, se vuelve extraño. Sin embargo, esto ocupará su lugar en una futura
entrada.
El caso es que Llopis no es el único en
acercarse con lupa a los textos lovecraftianos. Graham Harman, cuya “ontología
orientada a los objetos” plantea una fractura ontológica entre los objetos y
sus cualidades (y, de algún modo, también entre el objeto y el sujeto) que
supone una brecha primordial insalvable entre el intelecto o la agencia humana
y las entidades no-antrópicas del mundo, considera en el libro Realismo
Raro. Lovecraft y la filosofía al autor pulp como uno de los mayores
pensadores y escritores de ficción, en estos términos, del siglo XX.
Para Harman, no hay nada ni nadie
(entiéndase; ni Husserl, ni Kant, ni Heidegger, aunque se aproximasen) que haya
logrado expresar la imposibilidad de representar la fractura ontológica tal
como Lovecraft lo hace. Con sus horrores innombrables, sus geometrías no
euclidianas, sus abismos de tiempo y espacio, sus criaturas que se mueven por
la curvatura de tales abismos, y la incapacidad del lenguaje de asir tales
fenómenos, Lovecraft nos acercaría a ese objeto fracturado entre sus cualidades
(cualidades abstraídas por el entendimiento humano y sistematizadas en forma de
conocimiento científico o de sistemas de pensamiento) y su esencia o ser (una
suerte de noúmeno, una Realidad (con “r” mayúscula lacaniana) inaprensible). De
tal forma, Lovecraft trata el tema hacia el que Harman vuelve la ontología: la
existencia de un universo de entidades (los objetos) que se escapan a la agencia
humana, demostrando así la existencia de un inmenso cosmos que no guarda
relación ni preocupación no el devenir humano. Precisamente, en esta idea
quedan recogidas las preocupaciones de la obra de Lovecraft tanto como las de
la filosofía de Harman.
Realismo Raro se centra, a partir de este presupuesto,
en una revisión del estilo del autor de Providence, quien, con fórmulas
recurrentes y escenarios de “horror cósmico” y “ficción extraña”, apela a esa
imposibilidad de nombrar la realidad de los objetos y de los fenómenos. Así,
las dobles y triples alusiones (sintagmas subordinados unos a otros en una
cadena de crípticas referencias), las aparentemente contrarias posibilidades
que una oración dubitativa contiene, o la suma de propiedades y rasgos de diferente
índole (animal, vegetal, fúngico) que conforman un objeto propuesto por el
lenguaje pero indescifrable en su dimensión de realidad fracturada e
inaprensible por el entendimiento humano, son algunos de los recursos que
Harman identifica como propia y originalmente lovecraftianos, y que apelan en
todo momento a la ontología orientada a los objetos. De esta manera, el
análisis de la filosofía en Lovecraft transcurre a lo largo de un estudio de
ocho de sus grandes relatos, a saber; La llamada de Cthulhu, El color que
cayó del cielo, El horror de Dunwich, El que susurra en la oscuridad, En las
montañas de la locura, La sombra sobre Innsmouth, Los sueños en la casa de la
bruja y La sombra fuera del tiempo. Cien pasajes en total son los que
se abordan en el libro.
Por otro lado, una constante (a mi
entender) problemática en el ensayo de Harman es descalificar como “literatura
de kiosco” a cualquier fórmula que no presente con sutileza y estilo la ruptura
de los objetos y sus apariencias. Sin dar casos existentes de esa “literatura
de kiosco”, cualquier contraejemplo de la refinación literaria de Lovecraft cae
en ese cajón de sastre. Incluso en su crítica a la segunda parte de La
sombra fuera del tiempo habla de un decaimiento en la capacidad expositiva
y horrorosa de la prosa lovecraftiana, si bien parece obviar que los momentos
en que un lector se enfrenta a la puesta en escena de la civilización de la
Gran Raza sugieren la activación de dinámica psicológicas diferentes y, quizá,
igual de importantes. Con esto quiero decir que no sólo la Literatura Orientada
a los Objetos es señal de calidad en una obra de ficción, sino que otros
aspectos que pueden ser rápidamente tachados de “literatura barata” albergan en
sí un atractivo que puede perfectamente justificarse desde la óptica filosófica
(como casi todo). Pongamos el caso de Robert E. Howard, o de R.A. Salvatore, o
de cualquier autor de espada y brujería. Cuando Howard nos habla de males
primigenios o de memoria racial, apela a nociones fácilmente analizables desde
el inconsciente colectivo de Jung, la epigénetica o los arquetipos (también de
Jung) tratados por Campbell; a su vez, la existencia de Menzoberranzan como
parte del Underdark o el exilio de Drizzt do Urden pueden verse a la luz de una
teoría sobre el inconsciente y la estructura que hace posible la
superestructura marxista (el primero) o de cómo la individualidad y la ética se
enfrentan a la civilización cuando ésta posee una colectividad y moral más que
cuestionables (el segundo). Aunque involuntariamente, tales autores muestran
estrategias narrativas que apelan a cuestiones de amplio debate filosófico,
otorgando (según un criterio que podríamos establecer siguiendo a Harman)
calidad a su obra literaria, inclusive en términos estilísticos. En este
sentido, que Harman descalifique la “literatura de kiosco” o a los
“adolescentes frikis” o los juegos de rol empobrece la experiencia lectora como
mínimo, además de que parece olvidar que lo que Lovecraft escribió es
precisamente literatura de kiosco, que esos adolescentes frikis son quienes se
preocupan de mantener vivo a Lovecraft y que el impacto del horror cósmico en
los juegos de rol demuestra la vigencia del caminante de Providence.
En todo caso, este error no desmerece el más
que interesante análisis de la “ontografía” lovecraftiana, análisis que se
centra en cómo el estilo de Lovecraft muestra, precisamente, estas
problemáticas ontológicas, y no en su contenido, que, según Harman, ha
sido el aspecto del autor al que más atención se ha prestado y por lo que nunca
se le ha llegado a hacer la debida justicia.
En la última parte del libro, donde el
autor se dedica a atar cabos, plantea cuatro temas que resultan del análisis de
la obra de Lovecraft, y que equivaldrían a las cuatro tensiones de lo que
Harman llama “ontografía”, a saber;
1.
“…Lovecraft
tan sólo alude a realidades que son imposibles de describir”
2.
“…está
lo que hemos descrito como cubismo literario (…), en el cual no se alude
a algo que exceda el poder del lenguaje; al contrario, en esas ocasiones,
numerosas características extrañas o problemáticas de un objeto concreto son
acumuladas de forma tan excesiva que resulta muy difícil combinar todas esas
facetas de modo ordenado”
3.
“…hay
un pequeño número de casos en los cuales tanto el objeto como sus características
se resisten a toda descripción”
4.
“…están
los casos, por lo general relacionados con experimentos científicos frustrados,
en los que un objeto conocido y perfectamente accesible (…) resulta tener
características ininteligibles pero aun así reales” (todas las citas son de la
página 290).
La primera tensión refiere a lo que Harman
llama espacio, que “encarna el hecho de que los objetos espacialmente
aislados de nosotros son distantes de modo absoluto (ya que no están
directamente fusionados con nosotros), y también permanecen cerca de nosotros
en la medida en que inscriben su distancia de un modo directamente accesible”
(295). La segunda sería el tiempo, “la fluctuación de numerosas
cualidades alrededor de objetos algo duraderos (que no permanentes) que siguen
siendo los mismos a través de todas esas fluctuaciones” (299). La tercera tensión
sería la esencia, “en la cual tanto el objeto como sus cualidades son
directamente inaccesibles”(295). Y, por último, la cuarta tensión se
correspondería con el eidos, “tensión entre objetos sensualmente
accesibles y las cualidades inaccesibles que son de importancia estructural
para ellos” (ibid.). A su vez, esta taxonomía da lugar a cuatro permutaciones:
la primera, entre el Objeto Sensual y las Cualidades Sensuales (OS-CS), el tiempo;
la segunda, entre el Objeto Real y sus Cualidades Sensuales (OR-CS), el espacio;
la tercera, entre el Objeto Real y sus Cualidades Reales (OR-CR), la esencia;
y la cuarta, entre el Objeto Sensual y sus Cualidades Reales (OS-CR), el eidos.
Aquí queda recogida la óptica ontológica de Harman, junto con el reconocimiento
de tales tensiones en la obra de Lovecraft.

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